Entre personas y expedientes. La intervención profesional entre el conocimiento especializado y la realidad de vida

Por Jaime Aurelio Chumbiray Méndez *
El artículo reflexiona sobre la comprensión de situaciones familiares, de infancia y juventud en el Trabajo Social, poniendo el foco en la tensión entre las categorías institucionales y la complejidad de las realidades de vida. A partir de una experiencia profesional, se analiza la denominada «doble tarea de traducción» del trabajador social en el área de protección al menor y apoyo a las familias entre el orden de las normas y los casos y el «desorden de la vida real». Se plantea que las categorías, procedimientos y conocimientos especializados son necesarios para una intervención profesional fundamentada, pero también pueden limitar la mirada cuando se convierten en automatismos. El artículo hace hincapié en la importancia de revisar las propias interpretaciones, experiencias y prejuicios profesionales, así como de mantener abierta la posibilidad de que una situación concreta cuestione las categorías utilizadas para comprenderla. El texto reivindica, finalmente, una práctica profesional capaz de articular conocimiento especializado, exigencias administrativas y reconocimiento de la singularidad de cada persona.

En el marco de una ponencia sobre acogimiento familiar, mostré al público una diapositiva. El título era «Caso práctico». Abajo, a la izquierda, había dibujado la caricatura de un niño. Entonces, la caricatura, o mejor dicho, el niño, me interrumpió y dijo, en una burbuja de diálogo: «Empezamos mal. Yo no soy un caso. Soy Lukas».
Durante unos segundos hubo silencio en la sala. Algunas personas sonrieron y otras asintieron. Para mí, ese momento puso de manifiesto una tensión propia de la comprensión de los casos en el ámbito de familia, infancia y juventud. Necesitamos categorías para poder trabajar, pero detrás de cada caso hay una historia que no coincide ni con otras historias aparentemente similares ni con una categoría que la burocracia utiliza para describirla.
La pregunta es qué ocurre cuando nuestro conocimiento profesional se encuentra con una realidad que no encaja en nuestras categorías.

Durante sus estudios, los futuros profesionales del Trabajo Social aprenden métodos, conceptos, instrumentos, marcos jurídicos y muchas otras cosas. Todo ello es importante y necesario. Una intervención profesional no puede depender únicamente de la intuición y de la buena voluntad.
La profesión del Trabajo Social tiene la responsabilidad de fundamentar científicamente sus explicaciones, sus métodos y su actuación profesional (AvenirSocial, 2010, citado en Tov et al., 2016, p. 26).

Conocer una teoría como instrumento no significa automáticamente saber cuándo y cómo podría utilizarla un profesional. Tampoco significa que una situación concreta solo pueda comprenderse mediante ese instrumento. Otra cuestión sería, además la pregunta : qué entendemos por «comprender».
Comprender un caso no significa únicamente recopilar y clasificar información. También es importante preguntarse qué significado tienen esas informaciones dentro de la historia de vida de una persona concreta y qué papel desempeñan mi propia biografía y mis prejuicios como profesional responsable a la hora de interpretar esa información.
La administración necesita categorías. Necesita procedimientos, competencias y criterios que permitan tomar decisiones de manera transparente. Desde esta perspectiva, la lógica burocrática no es simplemente un problema que haya que superar. También protege derechos y evita que las decisiones dependan exclusivamente de preferencias personales.
El problema aparece cuando olvidamos que la vida concreta de una persona concreta no funciona como un procedimiento.

Un sistema puede funcionar mediante programas condicionales: si ocurre A, entonces B. Pero una familia puede encontrarse al mismo tiempo en situaciones muy diferentes que no pueden ordenarse fácilmente siguiendo este esquema. Puede haber situaciones o informaciones que todavía desconocemos. Después de una visita domiciliaria, por ejemplo, recibimos nuevos datos y quizá elaboramos una nueva hipótesis de trabajo. Una semana después descubrimos algo más y volvemos a interpretar la situación de una manera ligeramente diferente.
Por eso, el profesional del Trabajo Social que interviene directamente en una familia ocupa una posición particular. No se encuentra únicamente entre las personas usuarias y la institución. También media entre dos ámbitos. En este contexto, Christian Schrapper habla de una «doble tarea de traducción»: consiste en mediar entre el «desorden de la vida real» y el «orden de las normas y los casos». Por un lado están las disposiciones jurídicas e institucionales y, por otro, las historias de vida, los contextos sociales y las situaciones materiales de las personas (Schrapper, 2012, p. 6).
Esta doble tarea de traducción permite ver que la actuación del profesional no consiste únicamente en aplicar las disposiciones institucionales, sino también en interpretarlas y trasladarlas al contexto de situaciones concretas de vida.

El profesional tiene que traducir en ambas direcciones. Tiene que hacer comprensible para las personas usuarias el lenguaje burocrático de las leyes, directrices, formularios y procedimientos estandarizados. Al mismo tiempo, tiene que traducir el lenguaje de la vida concreta al lenguaje institucional. Esa realidad está marcada por historias de vida individuales, emociones, crisis y dificultades materiales. La tarea consiste en comprender esa complejidad, estructurarla y prepararla de manera que pueda ser abordada dentro de la administración.
Para que estos procedimientos burocráticos puedan funcionar, la realidad de vida de las personas tiene que ser situada dentro de determinadas categorías. Y es precisamente aquí donde algo puede perderse. Algunas informaciones, relaciones o incluso la perspectiva de vida de las personas usuarias pueden hacerse menos visibles cuando no encajan en las categorías existentes. Esta clasificación permite actuar dentro de la administración. Pero al mismo tiempo existe el riesgo de que la persona sea percibida cada vez más como un «caso» y cada vez menos como un ser humano con una historia de vida propia.
Precisamente ahí se encuentra uno de los mayores riesgos de nuestra práctica profesional: que clasificar se convierta, con el tiempo, en un automatismo. Que llegue un momento en el que dejemos de preguntarnos qué se pierde cuando una historia de vida se convierte en un caso y una persona en un expediente. El lenguaje profesional debería ayudarnos a comprender la situación y a hablar sobre ella en contextos de la administración. Pero a veces existe el peligro de que terminemos viendo únicamente aquello que puede describirse con esas categorías administrativas.
No creo que esto ocurra necesariamente por falta de sensibilidad o de empatía. Muchas veces sucede precisamente porque el trabajo cotidiano exige tomar decisiones bajo una fuerte presión. El número de casos, el tiempo disponible, la responsabilidad jurídica y las situaciones emocionalmente difíciles influyen en nuestra capacidad para detenernos y volver a mirar con mayor atención (Lipsky, 2010).

Franz Herrmann (2023) señala, desde otra perspectiva, los límites que restringen el control reflexivo de la actuación profesional. Nuestras propias experiencias, valores y formas de interpretar influyen en nuestras decisiones. Al mismo tiempo, existen condiciones de la situación que no siempre percibimos y consecuencias de nuestras decisiones que no podemos prever por completo. Esto significa que ni siquiera el conocimiento profesional nos protege de cometer errores.
Aquí encuentro una idea importante sobre la profesionalidad en el Trabajo Social: ser profesional no significa tener siempre una respuesta segura. Significa ser capaz de reconocer cuándo una situación exige detenerse, revisar la propia interpretación y considerar otras posibilidades. La reflexión no debería producirse únicamente después de una intervención, cuando ya tenemos tiempo para analizar lo ocurrido. También forma parte de la propia decisión: preguntarnos qué estamos viendo, qué no estamos viendo y qué supuestos estamos aportando nosotros mismos en ese encuentro con la persona usuraria.
En este sentido, la hermenéutica ofrece una aportación interesante al Trabajo Social. Comprender no significa observar desde fuera una realidad que ya está terminada. Quien comprende forma parte del propio proceso de comprensión. Llegamos al encuentro con nuestras propias experiencias, conocimientos y prejuicios. No se trata de eliminarlos por completo, sino de ser capaces de reconocerlos y revisarlos cuando la realidad concreta nos obliga a hacerlo (Estrada Mora, 2014).
Por eso, para mí, la comprensión del caso no es lo contrario del conocimiento profesional. Es lo que ocurre cuando el conocimiento profesional entra en contacto con una realidad que siempre es más compleja que nuestras categorías.

Volviendo a Lukas, quizá aquella pequeña interrupción estaba justificada. No podemos dejar de hablar de casos. Tenemos que hacerlo para organizar nuestro trabajo, intercambiar información entre profesionales y garantizar derechos. Pero, de vez en cuando, tenemos que recordar quién está detrás de esa palabra.
Lukas no dejó de ser un caso porque lo dijera. Siguió formando parte de un expediente, de una valoración y de un procedimiento. Lo importante es que, mientras hacemos todo eso, no dejemos de verlo también como Lukas.
Porque quizá el Trabajo Social profesional consista precisamente en mantener abierto ese espacio entre ambas cosas. Necesitamos normas, pero no debemos confundirlas con la realidad de una persona. Necesitamos métodos, pero estos no pueden convertirse en respuestas automáticas para «casos similares». También es importante que nuestra experiencia cotidiana, condicionada por las circunstancias en las que trabajamos, no termine convirtiéndose en una rutina que ya casi nunca cuestionamos.

* Jaime Aurelio Chumbiray Méndez
Es trabajador social. Trabaja en el área de protección de la infancia y apoyo a las familias de la ciudad de Colonia, Alemania, donde desarrolla su actividad profesional en el ámbito del acogimiento familiar. Es docente universitario en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Düsseldorf, donde imparte formación en Trabajo Social. Sus principales áreas de interés profesional son la protección de la infancia, el acogimiento familiar, la comprensión de situaciones familiares, la relación entre intervención profesional y administración pública, y la reflexión sobre la práctica del Trabajo Social.

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